Cada día tengo la bendición de un día más de vida y ello me genera una gratitud infinita. Despierto cada vez con un inmenso amor a la vida, y entrego mi amor a todos aquellos que sufren o están enfermos.
La gratitud debe expresarse tanto en gestos como en palabras, agradeciendo así no sólo los
favores que nos otorgan, sino también aquello que damos por hecho, pero es un verdadero regalo diario: la vida.
El valor de la gratitud se hace concreto cuando alguien aprecia y reconoce lo que otro hizo, lo cual no requiere necesariamente devolver el favor, sino mostrar afecto y guardar en la memoria el acto que nos ha hecho sentir bien por su generosidad, pues más que la utilidad práctica, lo que agradecemos es la actitud de quien genera el acto.
Ser agradecido nos invita a estar atentos a cada instante en lo que los otros hacen por mí,
generando un compromiso de confianza que les dé la certeza que cuando ellos lo necesiten,
también podrán contar con mi ayuda.

Estamos muchos más enfocados en pedir, generando necesidades y deseos… pero, ¿somos
capaces de apreciar y valorar lo que ya tenemos? En la medida que comencemos a agradecer cada detalle, que pueda parecer insignificante, empezaremos automáticamente a sentirnos más
optimistas y dichosos.
Observa tu vida, vela como completa y sana, concéntrate en lo que tienes y no en las carencias. No busques lo que no posees, convierte tu plenitud con afirmaciones de gratitud, eres tú el universo que contiene su propia perfección.
Ve lo bueno de los otros mientras convives con ellos, transforma tus palabras de manera que
sanen en vez de herir, encarna la paz y armonía que quieres recoger del mundo.
En la medida que el agradecimiento y gratitud se convierten en tu manera de vivir la vida, la
abundancia material y espiritual llega, y así el universo entra también en armonía bajo la dulce
melodía de la felicidad.

