El enojo es nocivo, y entre más tiempo se queda en nosotros, peor nos hace. Y ojo, pues no sólo a través de emociones, sino también en nuestros órganos y sistemas, que finalmente nos generan enfermedades.
La ira puede manifestarse de cualquier manera, desde un enojo leve a una reacción descontrolada, por lo que debemos controlarla desde su primera aparición.
Debemos detectarla y transformarla, decretando el cambio, eliminando la rabia, neutralizando el pensamiento y sentimiento, visualizando el futuro sin ese sentir que tanto mal nos hace mientras nos sigue intoxicando.
Cada vez que sanamos y transformamos nuestra mente, lo hacemos con nuestro cerebro, logrando así el autoconocimiento y una toma real de conciencia, generando una visión de nosotros mimos más plena y enriquecedora.
Debemos aceptar aquello que no podemos cambiar, pues aquello que está fuera de nuestro control, no se transforma porque así lo queremos. Cuando aceptamos esto, podemos optar por cambiar nuestra actitud y forma de pensar, o simplemente alejarnos.
Hay que dar un tiempo para alejarnos de ello, y con esto, dar espacio para aprovechar un tiempo con distracciones atractivas y buenas.
Al mismo tiempo, cuando desarrollamos la empatía, aprendemos a descentralizarnos de nuestro sentir y empezamos a expandir nuestro mundo, dando espacio para que la gente linda entre y se quede a hacer nuestro mundo mejor.

