¿Sabías que el frío, el viento, la lluvia y los cambios bruscos de temperatura le hacen pésimo a la piel? La aparición de rosácea, la tirantez y la deshidratación son los villanos oficiales de la piel durante estos meses y, para combatirlos, es necesario hacer unos pequeños ajustes en la rutina diaria. Eso sí, no te preocupes porque es más sencillo de lo que crees.
Cuidarse la piel con un protector solar sigue siendo fundamental, aunque el día esté nublado y haya menos horas de luz, la radiación ultravioleta lo atraviesa todo. Es cierto que la incidencia es más baja que en verano, pero siempre está ahí. Y como el 80% de los signos del envejecimiento está relacionado con los rayos UVA, bloquear su efecto negativo sigue siendo una prioridad. Por eso, las cremas de tratamiento con filtros solares son grandes aliados: por un lado, protegen y, por otro, ayudan a mantener el nivel de hidratación óptimo.
Además, el frío produce la vasoconstricción de los capilares, lo que provoca una reacción en cadena: se reduce el aporte de oxígeno a las células epidérmicas, lo que retrasa el proceso de renovación natural que afecta directamente a la función de la barrera cutánea. ¿El resultado? Sequedad e irritación. Es un buen momento para probar las fórmulas específicas para pieles sensibles y aquellas con activos calmantes, como el extracto de caléndula.
Y no te olvides de las zonas más frágiles: el contorno de los ojos, los labios, las manos y la nariz están muy expuestos a las agresiones medioambientales y necesitan un extra de cuidados.

