Sin lugar a dudas las palabras poseen un poder ilimitado, pues crean y destruyen realidades, aunque la ausencia de éstas también puede desatar algún tipo de problema, pues  el silencio a veces suele ser duro e inesperado, aunque cuando es cuidado, nos puede renovar energías y otorgar tranquilidad y armonía.

Hoy el mundo está violento, individualista, agresivo, y hace que nosotros mismos nos vayamos contagiando con estas malas prácticas, y empleamos frases duras y de descalificación incluso con nosotros mismos, fomentando la baja autoestima y un profundo dolor.

Abandonemos las palabras hirientes, para otros y para nosotros, aprendamos a querernos y aceptarnos para que podamos relacionarnos de manera más sana y afectiva con los otros. Eliminemos descalificativos autodefinidos como “No sirvo para…”, “nada me queda bien”, “Tengo una nube negra”, etc.

Dediquémonos palabras lindas, querámonos para que otros también nos quieran, querámonos para poder querer a otros. Ahora nuestras frases deben ser: “me veo bien”, “yo sí puedo”, “soy capaz”, “lo intentaré”. Lo que verbalizamos se concreta, si creo que lo lograré tengo muchísimas más posibilidades de conseguirlo… De nuestras palabras depende nuestro camino a seguir, cuidemos nuestras palabras tanto para nosotros mismos como para los demás, construyamos un camino suave, bello, alegre y aceptando cada detalle del otro y mío, pues sólo así podemos avanzar  en armonía, en un camino placentero que nos llevará mucho más lejos.