Tatiana, una vecina que se había hecho muy amiga mía, estaba metida en el movimiento del yoga. Todo partió porque un día se enamoró a primera vista de un chico que vio entrar al centro que estaba frente a nuestro edificio, después de meses de práctica se volvió una fanática, había conocido sus beneficios y decidió tomar unos cursos para luego, hacerse instructora.
Del chico por el que había entrado no supo más, pero daba lo mismo, para ella había un nuevo mundo sobre sus ojos. Un día se fue a un retiro con unos compañeros y ahí conoció a otro chico, Damián, él era un tipo muy espiritual y tenía mucho conocimiento al respecto de esta práctica, cosa que a ella le pareció muy interesante.
Esa madrugada, Tati se levantó temprano para hacer una meditación, Damián también. Se encontraron en la cocina preparando un té que los ayudaría en su ayuno y meditaron juntos por mas de una hora, después de una ducha, se reunieron a compartir sus experiencias.
Tatiana se entusiasmaba mucho con lo que él hablaba, salieron a caminar por el recinto y en un impulso lo besó. Él quedó inmóvil unos segundos y luego le correspondió. Los besos eran intensos, las manos también, al estar en la misma frecuencia ambos sabían que podían alcanzar un gran nivel de química y cómo habían tenido una conexión, decidieron intentarlo.
La naturaleza, en medio de riachuelos y árboles hacían el escenario perfecto, besos y movimientos jadeantes fueron desvistiendo poco a poco su encuentro. Las manos de él con delicadeza iban y venían, su conocimiento del cuerpo humano y su sensibilidad lograron en minutos dejar a mi amiga por las nubes.
Para Tatiana, el orgasmo fue de otro nivel, intenso, estremecedor y placentero, algo que nunca había podido sentir con otro hombre.

