Las historias de estacionamientos nunca dejaran de existir, porque esos metros bajos tierra tienen un encanto inevitable para las parejas que necesitan un encuentro fugaz o que buscan tener uno.
Hace muchos años atrás trabaje en un edificio y todas las mañanas me encontraba con el mismo tipo en el ascensor, nos saludábamos cordialmente sin dejar un inevitable coqueteo en el ambiente.
El tiempo pasaba y nuestra relación salió de las paredes de ese ascensor, de vez en cuando compartíamos algo en la cafetería del edificio y conversábamos unos minutos. Con el tiempo me di cuenta que él realmente me gustaba, ya había pasado la etapa en que solo lo encontraba atractivo. Era un hombre bueno, amable, inteligente y me hacía reír, con eso era suficiente para sentirme enamorada.
Un día me escribió para que saliéramos, yo estaba con mucho trabajo y le dije lo dejáramos para la salida, me esperó. Esa noche lo pasamos muy bien, reemplazamos nuestro típico café por un par de cocktails, volvimos al edificio, tomamos el ascensor y el momento de suspenso comenzó. Por una parte quería agarrarlo y darle un beso, por otra parte esperaba que el tomara la iniciativa, en menos de 15 segundos, ya salíamos de ahí y no había pasado nada.
Te voy a dejar a tu auto, me dijo y así nacía para mí un nueva oportunidad de que pasara algo entre nosotros. El lugar era perfecto, pocos autos, poca gente y poca luz. Caminamos y al llegar, nos miramos nerviosos, me acerque a él y nos besamos un largo rato que cada vez se ponía más intenso, entramos en la parte de atrás de mi auto buscando un poco más de privacidad pero nos terminamos encontrando con unas ganas locas de concretar nuestro encuentro. Mis manos recorrieron su torso, hasta llegar al primer botón de su pantalón, noté cuanto me deseaba mientras el podía sentir cuanto lo deseaba a él.
Nuestros encuentros fugaces se mantuvieron por meses, las escaleras, las salidas de emergencia, los baños y las horas extras, se volvieron los aliados de nuestro intenso romance.

