Mi primo Carlos viajaba recorriendo los países de Europa y por su parte una jovencita llamada Ignacia hacía lo mismo. Ambos eran soñadores que habían decidido conocer el mundo a su manera y sin ningún tipo de presiones, por eso viajar solos se había convertido en la mejor alternativa.
Se subieron al mismo tren e iban al mismo destino, un extranjero se acerca a preguntarle algo a Ignacia, ella no dominaba muy bien el inglés, Carlos escuchó la conversación y se acercó para ayudarle.
- ¿Eres chilena cierto?
- Sí, le dijo asintiendo con la cabeza.
Esa simple conversación fue el comienzo de una historia de viajes y pasión. Como tuvieron mucha buena onda, decidieron recorrer juntos algunos lugares, se conocieron, compartieron y vivieron un romance fugaz.
La última noche juntos llegó y cada uno debía seguir su rumbo, salieron a comer recorriendo las calles de Barcelona, llegaron al hostal, cada uno fue a su pieza, arreglaron sus mochilas y luego se juntaron en el bar del hostal, para así hacer un último brindis.
Brindaron, conversaron y pactaron volverse a encontrar, subieron a sus habitaciones para dormir las últimas horas antes de partir. Ignacia se daba vueltas en la cama, desvelándose, así que fue a ver si Carlos dormía, abrió suavemente la puerta de su pieza y ahí estaba él pegado mirando el techo.
- No puedo dormir, le dijo.
- Yo tampoco, contestó ella.
Se metió corriendo a la cama, se miraron y se besaron, las manos de Carlos iban cautelosas recorriendo el cuerpo de Ignacia que audaz se movía estimulando los puntos más débiles de él, las lenguas se unían llenas de pasión y buscaron los secretos de sus cuerpos para llenarse de placer en una noche que no olvidarían jamás.
El amanecer se acercaba, seguían enlazados y Carlos no quizo soltarla, ni irse de su lado nunca más.

