Hace unos años y después de un largo tiempo sin estar en Chile volví, cuando uno está
afuera extraña mucho sus costumbres y yo lo único que quería comer era un plato de
comida bien casera, así que por supuesto fui al mercado central.
Al llegar, al lugar noté que uno de los garzones estaba un poco complicado para tomar
el pedido de un chico extranjero, si bien, yo no sé hablar 100% en inglés podía
defenderme y ayudar al garzón.
Cuando logré traducir lo que decía y el pedido fue realizado, me invitó a quedarme en
su mesa y acepté, tuvimos una entretenida velada, el chico me contó que estaba
recorriendo Sudamérica y que estaría en Chile un tiempo, hubo muy buena onda y por
mientras estaba en Santiago, me ofrecí para mostrarle algunos rincones interesantes
de la ciudad.
El último día que estaba aquí, quiso sorprenderme y me invitó a una fiesta en la cima
de un conocido cerro. Comimos, bailamos y vimos el amanecer, a las 14:00 de la tarde
tenía un vuelo al sur, por ende aún faltaba un poco de rato para estar juntos. Lo pasé a
dejar a su departamento, me hizo pasar y accedí.
Allí seguimos conversando de su estadía en la capital, intentó besarme una vez, pero
no quise hacerlo, tenía miedo a involucrar mis sentimientos y después nunca más
volver a verlo, aunque para ser honesta tampoco quería irme de su lado.
Continuamos conversando, un silencio incómodo apareció luego de un rato y en esa
ocasión fui yo la que se arriesgo a besarlo y lo conseguí. Solo ese beso fue suficiente
para encendernos. El sillón era el soporte de esa pasión que envolvía nuestros
cuerpos en un manto de sensaciones, si ese iba a ser nuestro primer y último
encuentro, tenía que ser inolvidable. Poco a poco fuimos reconociendo nuestras pieles,
mis manos recorrieron las suyas y a medida que se incrementaba el placer, las
apretaba con más y más fuerza. En pocos minutos de movimientos ambos sentimos
una liberación de energía y a pesar de que hablamos idiomas diferentes, esa mañana
logramos entendernos muy bien.

