Esta columna comienza en una conversación bastante intensa con un cercano, donde en esa conservación se produce con la televisión prendida y en medio de la discusión logro apreciar que ambos nos “arrancábamos” de mirarnos a los ojos y nos “metíamos” en la televisión para no enfrentar la comunicación de tipo más directo.

Después empiezo a observar mucha gente en los restaurants donde muchos para no decir casi todos miraban sus celulares cada cierto tiempo y la dificultad para mirarse a los ojos era notoria y repetitiva.

Estamos en momentos de gran desconfianza en distintos niveles y el no mirarnos a los ojos disminuye toda la capacidad de poder establecer un contacto íntimo y confiable con los otros. Comentario aparte es lo que pasa con los niños a los cuales estamos educando sin ninguna capacidad de mirarse a los ojos, donde de verdad la tecnología les estaría impidiendo o por lo menos dificultando la expresión emocional y el desarrollo de algo que me parece fundamental: el desarrollo de la intuición.

El mirarnos a los ojos tiene que ver con la necesidad de descubrirnos y de descubrir al otro a través de la mirada. Requiere de valentía y coraje permitir que el otro me mire a los ojos y pueda descubrir lo que me pasa dentro de mi sin máscaras.

Revela honestidad, trasparencia y cierto desafío encontrarse con el otro a través de la mirada y esto permite al cuerpo desarrollar la intuición de que me informa si puedo confiar o no en la persona que tengo al frente.

Entre los anteojos y la tecnología perdemos cada vez con mayor frecuencia el contacto con el otro, donde debiéramos ejercer la voluntad de apagar las pantallas para conversar y entrenar a nuestros hijos en el hábito de mirar a los ojos desde pequeños.

El mirar a los ojos genera confiabilidad, credibilidad y desarrolla de mejor forma la conexión con el mundo interno y la capacidad de intuición por lo tanto creo que habría que desarrollar y volver a estimular en lo cotidiano.

Quiero invitarlos a preguntarse primero cuanto se están mirando a los ojos dentro de su familia y cuanto lo hace dentro de su trabajo.¿ Cuánto le cuesta permitir a usted que alguien lo mire a los ojos y entre en profundidad dentro de usted o si le genera nervio o incomodidad que lo hagan.

Dicen que la mirada es el reflejo del alma, creo de verdad que si la mostráramos más, podríamos ser capaces de darnos cuenta de la bondad que hay en los otros y de la que yo también soy capaz de mostrar.

Después de observar cuanto nos miramos a los ojos, los invito a hacer el ejercicio de hacerlo voluntariamente tanto para permitir que lo haga el otro, como facilitar el acto de que lo hagan con ustedes. Alomejor descubrimos cosas de nosotros y también de las personas que tenemos al lado.

Devolver la mirada y permitir que el otro me mire es un acto pequeño pero importante de volver a recuperar las confianzas y sobre todo darnos el espacio de confiar en el mundo interior del ser humano.