En ocasiones nos casamos esperando con ese acto transformarnos en adultos por magia, ser independientes, autónomos económicamente, cuando de verdad todas esas cosas se logran con la madurez y no son el resultado de una firma o de un rito, aspectos que pueden ser importantes para iniciar una nueva vida pero no lo son en sí misma.
Lo que sí es cierto es que los hombres se casan esperando que la relación se mantenga como está y no cambie ni ella ni la mujer con la que se casan. Las mujeres en cambio siempre esperamos que nuestro amor, el tiempo y la relación en sí “mejore” o cambie en los aspectos que nos molestan, y por supuesto eso los incluye a ellos, en los(sacar esta parte y poner “ya”)que siempre estamos convencidas que nuestro tan mágico amor los transformará en el hombre que dentro de nosotras tenemos definidos.
Eso se llama pensamiento mágico y la investigación de mi libro “Viva la diferencia” prueba que mientras más pensamiento mágico tiene una mujer, más infeliz es y más infeliz hace a todos los que viven con ella. Es la clásica mujer que siempre está centrada en lo que le falta y no en lo que tiene. Por eso siempre digo que todas las mujeres estamos “dentro” de nuestras cabezas enamoradas del mismo hombre, y el que tenemos es “un premio de consuelo”, ya que siempre estamos comparando a ese hombre real con ese “hombre mágico” y en esa competencia ese hombre real siempre pierde y por lo tanto nos quejamos de él.
Este aspecto es uno de los que las mujeres debiéramos tomar en cuenta antes de decir “sí, acepto”. Esto es porque una mujer con mucho pensamiento mágico le va a costar mucho sentir que la felicidad es algo que le pertenece solo a ella y que el otro no viene a hacerla feliz sino que a dar lo mejor de él y a compartir la vida con ella.
Ambos hombres y mujeres debemos y tenemos distintos aprendizajes que debiéramos tener claro antes del compromiso final. Son requisitos de felicidad que nos invitan a complementarnos y no a competir entre nosotros.

