Cuando recién empezaba a envolverme en el mundo bancario, tuve la mala suerte de ser víctima de un robo. Al otro día fui a bloquear todos mis documentos y saliendo del recinto me crucé con un tipo que me sonaba cara conocida, nos miramos y yo seguí caminando, había avanzado unos pasos cuando escucho:
– ¡Daniela!, me doy vuelta y era el mismo tipo, me acerqué y me dijo:
– Soy Cristian amigo del Pancho, ¿te acuerdas de mí?
– Un poco, le contesté ¿a dónde vas? Te llevo.
Me subí a su auto, conversamos y de apoco recordé cuándo lo había conocido. Llegamos al lugar donde iba y nos despedimos, sentí una sensación extraña y me arrepentí de no pedirle ni darle mi número. Los días pasaron, la ansiedad de ese
momento ya se había esfumado, voy saliendo de mi casa y me lo volví a encontrar: Tú de me dijo y sonrió, caminamos juntos hasta una tienda, me acompañó a hacer unas compras y juntos cargamos las bolsas, entramos a mi departamento y lo invité a almorzar, le encantaba cocinar, así que cocinamos juntos.
Había mucha proximidad y todo mi cuerpo palpitaba ante el mínimo contacto. Se apoyo en la mesa, me puse frente a él y lo besé sin pensarlo, respondió mi beso, me tomó de la cintura y estuvimos fluyendo así mucho rato, la comida estaba lista, nos sentamos a almorzar.
Luego conversamos en el living, yo viajaba al otro día y no sabía cuando lo volvería a ver. Se acercó, me besó y nos empezamos a sentir cada vez más cerca, podía notar su excitación y él la mía. Quisimos dar un segundo paso, me tomó y me puso sentada frente a él, las caricias iban y venían por todo nuestro cuerpo y la ropa como siempre comenzaba a sobrar.
Terminamos en la cama, acurrucados y felices, por la buena pasada que nos había
jugado la casualidad.


